Nadar o hundirse – La historia de la vida de Ed (Skip) Ast
by Versión original por Kevin MillerLa vida de Ed "Skip" Ast, Presidente y Gerente General de la empresa “Shasta Pools and Spas” (Piscinas y balnearios Shasta)
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“Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño...” (Eclesiastés 9:10)
Es bueno ser una persona dinámica que se fija en obtener resultados siempre y cuando toda esa energía esté controlada por un sentido de propósito honorable. Sin tener metas dignas el camino puede conducirnos a la destrucción, tal como fue mi caso durante muchos años de mi vida adulta.
Las prioridades equivocadas
Durante el primer año de mi educación universitaria decidí que ganar dinero y ayudarle a mi padre en su empresa eran prioridades superiores a los estudios o aún a la beca de estudios que me otorgaron para jugar fútbol americano en la universidad. Al final de mi primer año de estudios abandoné las clases y comencé mi carrera como constructor. En los dos años siguientes me casé con mi enamorada del colegio y al poco tiempo sufrí junto a mi padre la quiebra de su empresa, la misma por la cual habíamos luchado por muchos años. Después de reflexionar en mi futuro por algunos días fui a trabajar en una empresa que también vendía piscinas. Allí me hice amigo de los colegas con quienes trabajaba. Para lograr mayor compatibilidad con ellos, comencé a cambiar mi estilo de vida disciplinada como atleta (entrenaba a diario y cuidaba lo que comía). Después del cambio, mi vida consistía en borracheras, peleas, y derroche de dinero en juegos y mujeres. Adopté todas las características negativas y del estilo de vida de mi nuevo grupo de amigos.
Pronto este nuevo estilo de vida comenzó a dominarme. Está de más mencionar que los siguientes nueve años tuve un matrimonio bastante caótico. Tuvimos nuestros cuatro hijos durante los primeros cinco años de matrimonio, pero los veía muy poco. Y hasta parecía que los únicos momentos que veía a mi esposa Sharon era cuando los bares se cerraban, pero esos momentos normalmente terminaban con peleas entre los dos.
El golpe de la tragedia
Mi padre falleció repentinamente durante los últimos meses del octavo año de mi matrimonio. Ambos mi esposa y yo siempre fuimos muy apegados a él y su muerte sólo empeoró los problemas de inseguridad que Sharon había desarrollado por causa de mi estilo de vida. A pesar de la muerte de mi padre y la creciente inseguridad que estaba experimentando mi esposa, fui incapaz de frenar el estilo de vida destructivo que había escogido. Algunos meses después Sharon llegó a su límite y decidió terminar con todo el sufrimiento. Mientras examinaba la idea de tomar su propia vida escuchó parte del programa evangelístico radial de Billy Graham. Al concluir el mensaje Sharon decidió cambiar su vida para bien. Recibió a Jesucristo como el Señor y Salvador de su vida. En sus propias palabras, ese día se convirtió en una “hija de Dios”. En los siguientes nueve meses presencié una nueva paz y satisfacción en la vida de Sharon. Y a través de esto, me di cuenta del terrible fracaso en el que me había convertido como esposo y padre.
Es hora de cambiar
Sharon no dejó de insistir a que asistiera a la iglesia con ella y nuestros hijos. Finalmente me rendí y decidí asistir por primera vez como hombre casado. Inmediatamente se me acercó el pastor de la iglesia y me convenció a tomar clases de entrenamiento cristiano. Al completar estas clases podría bautizarme y ser miembro de esa iglesia. Me di cuenta que mi vida necesitaba un cambio radical y si esto no sucedía pronto perdería a mi esposa e hijos. No quería que las cosas terminaran de esa forma así que decidí aceptar el desafío del pastor. Acabé el taller de cinco semanas, me bauticé, y me convertí en un miembro oficial de la iglesia.
Sin embargo, todavía tenía un problema grande sin resolver en mi vida. Seguía siendo el mismo desdichado de siempre, con el mismo estilo de vida corrupto. Era obvio que mi vida no había experimentado la misma transformación profunda que se podía ver en la vida de mi esposa.
Me sentí muy frustrado, y comencé a prepararme mental y emocionalmente por la pérdida inevitable de mi familia. Estaba convencido de que Dios no me quería, porque si me quisiera entonces con toda seguridad algo positivo hubiese ocurrido en mi vida después del compromiso tan grande y sincero que yo había hecho con el pastor al inscribirme en las clases de entrenamiento, y al bautizarme. Esta lógica continuó por varias semanas. Justo antes de abandonar mi nueva religión varios sucesos raros interrumpieron el orden de mi diario cotidiana.
¿Me ama Jesús?
Era un viernes en la noche ya bastante tarde, y yo estaba bebiendo y jugando billar. Después de varias horas de juego solamente quedaban dos personas en la apuesta del juego de billar. Para las 12:30 de la madrugada finalmente le gané a mi adversario. Mi adversario, frustrado y enojado, exigió que la banda de música tocara el himno: “Cristo Me Ama, me ama a mí”. Claro que el director de la banda no le hizo mucho caso ya que estaba bastante borracho, pero yo me sentí mal. Mi nuevo respeto por Dios (a pesar de la falta de cambios en mi vida) hizo que me enojara mucho y le grité a mi amigo Jess por haber cometido semejante agravio. Le dije que no debería mencionar siquiera el nombre de Jesús o a cualquier cosa relacionada con la iglesia dentro de un bar. Luego, me dio pena haberlo tratado tan mal, y le devolví parte del dinero que había ganado. Hasta el día de hoy me acuerdo de su respuesta. Me dijo: “Skip, Jesús de verdad nos ama.” Al escuchar esto me di la vuelta y me fui del lugar.
Durante el largo camino a casa no podía dejar de pensar en lo que mi amigo Jess me había dicho: Jesús nos amaba a los dos. Para distraer mi mente un poco aprendí la radio a mi estación favorita de música “country”. Me cogió de sorpresa al escuchar a un predicador que recién estaba comenzando su mensaje en su programa de radio semanal. Dijo que Dios amaba a todas las personas del mundo y que Jesús había sufrido una muerte muy cruel para que nosotros pudiéramos recibir el perdón por nuestros pecados. Continuó diciendo que Jesús fue sepultado y resucitó de la muerte para que toda persona pudiera tener una nueva vida en Él. Citó la Biblia en la carta a los Corintios, que nos enseña que “el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo” Versión Dios Habla Hoy. Al escuchar esto apagué la radio inmediatamente ya que creía que Dios amaba a todos los demás, menos a mí.
Acontecimientos inesperados
Llegué a mi casa alrededor de la una de la madrugada. Mi esposa Sharon estaba despierta, esperándome. Me preguntó si había cenado y me recordó que Dios realmente me amaba. Diez meses antes, mi esposa nunca me hubiera recibido así. Dejé el dinero que había ganado sobre la mesa y me fui a dormir. A la mañana siguiente, de ida al trabajo, pasé por una cafetería para tomar un café y leer la sección de los deportes del periódico. Estaba tan concentrado en lo que estaba leyendo que no me di cuenta que el hombre sentado al lado mío me estaba llamando por mi nombre. El hombre empezó a contarme acerca de su nueva relación con Jesucristo. Al mirarlo vi algo increíble.
El hombre que estaba hablando conmigo era más que nada la única persona en el mundo quien consideraba ser peor que yo. Con entusiasmo y convicción esta misma persona me estaba compartiendo de los cambios que el Señor Jesús había hecho en su vida.
Me preguntó si me podía acompañar en el carro para así poder contarme su historia completa. Dos horas más tarde, al dejarlo en el restaurante donde habíamos comenzado a conversar me pidió que orara con él para entregarle mi vida a Cristo. En mi corazón sabía que esto no funcionaría para mí así que rechacé su invitación. Se sintió muy decepcionado.
Mi amigo y yo habíamos tenido el mismo estilo de vida. Su historia y los cambios que él pudo experimentar con Jesucristo sólo me hicieron sentir más frustrado. Yo no estaba disfrutando de esa nueva vida con Dios que ahora tenía. La mañana siguiente, en la iglesia, el pastor me desafió de nuevo. Quería que yo asistiera a una conferencia de evangelismo para laicos ofrecido por “Campus Crusade for Christ” (la Cruzada Estudiantil para Cristo). La conferencia se llevaría a cabo en una iglesia que recién habían terminado de construir llamada “North Phoenix Baptist Church” (Iglesia Bautista del Norte de Phoenix) El propósito de esta reunión era de aprender a compartir la fe en Cristo con otras personas. A pesar de no comprender el significado del propósito de la conferencia, dejé los boletos que ya había comprado para ir a ver un rodeo y decidí ir a la conferencia a pesar de que seguía pensando que Dios me miraba con desprecio.
Por fin, el eslabón perdido
La noche siguiente estaba en la conferencia escuchando al orador, el Dr. Bill Bright. Dijo algo que nunca había escuchado antes. Nos explicó que todo hombre, mujer y niño necesitaba que la sangre de Jesucristo les limpiaran de sus pecados para poder establecer una relación con Dios. Por un lado me era muy difícil comprender lo que me decía pero por el otro inmediatamente sentí la convicción de que eso era exactamente lo que me hacía falta. ¡Era el eslabón perdido en mi vida!
Al concluir el mensaje de Bill Bright nos separamos para ir a talleres de capacitación. Es allí en donde me desafiaron de nuevo a conocer a Jesucristo de formal personal. Los líderes del taller me dijeron que Dios me amaba tanto que había muerto por mí y derramado su sangre para perdonar mis pecados. Si estaba dispuesto a recibirlo en mi corazón por fe me convertiría verdaderamente en cristiano. Sabía en mi corazón que esto era exactamente lo que siempre anhelaba, solamente que nunca me había dado cuenta de cómo hacerlo. El líder de nuestro grupo invitó a los que nunca habían invitado al Señor Jesús en sus vidas a orar con él para recibirlo en sus vidas. Nos aseguró que sólo le teníamos que pedir por fe y Él entraría a nuestro corazón tal como lo había prometido.
Al inclinar mi cabeza en oración, escuché otra voz dentro de mi mente que me decía que era ridículo creer en semejantes tonterías. Esta decisión significaría que perdería el derecho a tener un estilo de vida llena de borracheras, apuestas y fiestas.
A pesar de que esta lucha mental duró sólo algunos segundos ésta parecía una eternidad. Pero al fin y al cabo repetí la oración junto con los demás: “Señor Jesús, entra en mi vida y perdóname de todos mis pecados, y hazme la persona que tú quieres que sea.”
El Señor Jesucristo hizo exactamente lo que me había prometido y mi vida y las vidas de mis seres queridos nunca más han vuelto a ser las mismas. Desde ese día Dios comenzó a enseñarme que por medio de su Palabra y su Espíritu Santo podía ser un nuevo esposo y buen padre y experimentar un nuevo estilo de vida lleno de amor, paz y poder.
Un nuevo ser
Al día siguiente me sentí como si alguien hubiera usado un aspirador gigante en mi vida. Cada rincón de mi corazón estaba siendo limpiado de toda suciedad y culpa, y en su lugar quedaba una paz que iba más allá de mi entendimiento. Me acordé de las palabras del predicador de la radio: “Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2ª Corintios 5:17) Sabía que por fin había experimentado verdaderamente el significado de este versículo. Uno por uno, Dios fue sacando uno por uno todas las viejas y corruptas costumbres que me habían esclavizado por tantos años.
Poco tiempo después de convertirme en cristiano pasé por la puerta de mi bar favorito. Sabía que ahí las apuestas corrían altas y podía ganar bastante dinero. Pero al entrar el olor del lugar me causó náuseas. Pedí un trago y después de tomar un sorbo se lo devolví a la camarera. Tenía un sabor muy amargo. Me trajo otro, pero pasó lo mismo. A la tercera, le dije que lo olvidara y que ya no me trajera más tragos. Luego, me acerqué a la mesa de billar para jugar. Fallé tres veces seguidas y perdí todo mi dinero. Estaba tan disgustado que decidí irme. Listo para partir en mi camioneta sentí una voz dentro de mí que me decía: “Skip, de todas estas cosas te liberé para no volver nunca jamás.”
Sólo por la gracia de Dios
Por primera vez en mi vida comencé a llorar por haberle fallado a Dios. Cuatro semanas antes no me hubiese importado en lo mínimo lo que opinaba Dios acerca de mis acciones. Al llegar a casa le pedí a Sharon que reuniera a los niños en la cocina. Cuando estábamos todos juntos les conté lo que el Señor Jesús había hecho en mi vida. Les conté que me había liberado del alcohol y las apuestas y que ya no iban a tener que preocuparse más por mí. Luego fui a la alacena donde normalmente guardaba varias botellas de alcohol. Las vacié una por una en el lavaplatos, mientras mi esposa y mis hijos observaban lo que estaba pasando. Le di la gloria al Señor desde lo más profundo de mi corazón. Por la gracia de Dios nunca más he vuelto a probar un trago ni a hacer una apuesta.
Poco tiempo después Dios continuó trabajando en mi vida y me mandó pagar una deuda de autos que nunca había cancelado. Siempre me había dicho que aunque le había prometido a la persona pagarle, había pasado tanto tiempo que seguramente ya se había olvidado. ¿Por qué crear problemas? Pero el Espíritu de Dios siguió declarándome culpable de mi pecado hasta que tuve que obedecerle. Así que un día fui a la casa de mi amigo Bill. Una vez allí, le conté lo que Dios había hecho en mi vida y cómo me había mostrado que tenía que cancelar mi deuda. Bill compartió conmigo que me había perdonado hacía muchos años y que él y su esposa siempre oraban por mí para que algún día pudiera conocer a Jesucristo. Ambos nos alegramos mucho y Bill oró por mí. Me fui de su casa con una carga menos sobre mis hombros.
El crecimiento espiritual
Durante los primeros años de mi vida cristiana, en julio de 1968, mi esposa y yo nos bautizamos en la iglesia bautista del norte de Phoenix y nos convertimos en miembros de esa iglesia. Mi deseo de crecer y conocer más aumentó durante un estudio bíblico un domingo por la mañana. El líder estaba enseñando que según Gálatas 2:20 estamos crucificados juntamente con Jesucristo. No lo podía entender. ¿Cómo podíamos estar vivos, y a la vez, crucificados? Esto era un nuevo concepto para mí y me frustré al no poder entenderlo. Ya que todos los demás parecían comprender la aplicación de este versículo en sus vidas, me quedé después de la reunión para preguntarle a George cuál era el significado de este versículo. No me pudo dar una respuesta clara y satisfactoria y lo único que me pudo decir fue que Dios mismo me enseñaría la verdad. Me fui de la iglesia esa mañana lleno de frustración hacia George y conmigo mismo por no poder entender la aplicación de este principio para mi vida.
Todos los años la familia de Sharon tenía una fiesta en la Navidad para todos los familiares. Desde que éramos novios en el colegio habíamos asistido a esta fiesta año tras año. Este sería el primer año que asistiría como cristiano. El papá de Sharon y sus tíos siempre aprovechaban de esta oportunidad para emborracharse y yo siempre había participado en estas actividades. Al llegar, ya dos de los tíos de Sharon comenzaron a ridiculizarme por mi conversión a Cristo. Siempre había sufrido de un temperamento violento que todavía me atormentaba de vez en cuando. Los comentarios de los parientes de mi esposa me estaban colmando. Al final uno de sus tíos se acercó sin que me diera cuenta y derramó su trago entero en mi espalda. Le pareció la broma más espectacular del mundo. Yo, por otro lado, estaba a punto de estallar. Cuando me di la vuelta para mirarlo y protegerme de sus marañas estaba totalmente estupefacto por la cantidad de alcohol que había tomado. Mientras él se reía le podía escuchar a Sharon pedirme que no lo lastimara. Sorprendentemente, no sentí rabia ni odio en ese momento. Lo que sentí fue una gran compasión y tristeza por él. Lo abracé y le dije que Dios lo había usado para enseñarme el significado de estar crucificado juntamente con Cristo. Le expliqué que si no hubiese sido por el hecho de que Cristo vivía en mí y yo en Cristo, esa noche lo hubieran tenido que cargar a su casa.
George me dijo que Dios me enseñaría el significado de crucificar al viejo hombre, y eso es exactamente lo que hizo.
La gloria a Dios
Lo que pudo haber terminado en caos Dios lo usó para darme la victoria en mi vida. Me fui de esa fiesta dando gracias a Jesús por vivir realmente dentro de mí. Los resultados de una vida en Cristo habían influenciado de forma positiva a mi familia y amigos. Durante los primeros dos años de mi vida cristiana Sharon y yo tuvimos el maravilloso privilegio de guiar a nuestros cuatro hijos a los pies de Cristo. Desde el día en que me convertí en cristiano hasta el día en que salieron de la casa para formar sus propios hogares no pasó ni un día en que no nos reuniéramos para buscar la voluntad de Dios a través de la oración y la Palabra de Dios.
Mis tres hijos varones estudiaron en la universidad y jugaron fútbol americano. Mis cuatro hijos están felizmente casados y Sharon y yo tenemos doce nietos en total. Once de ellos han llegado a conocer a Jesucristo personalmente y sabemos que el último nieto, que todavía es bebé, también escogerá algún día el camino de la salvación. La relación y el crecimiento en el Señor de nuestros hijos nos traen mucho gozo. Además de ser testigos de la fe de nuestros cuatro hijos hemos podido compartir de Jesucristo con muchos amigos y colegas y muchos de ellos lo han recibido.
Dios continua bendiciéndonos
Dios también comenzó a obrar en mi carrera. Un mes después del encuentro personal que tuve con Jesucristo Dios me dio la oportunidad de comenzar un nuevo trabajo en una pequeña empresa de ventas de piscinas. Si aceptara la propuesta llegaría a ganar el doble de lo que estaba ganando y tendría un puesto que me permitiría controlar las operaciones de la empresa. Así, me adapté en tres semanas al nuevo ambiente y a mis nuevos compañeros de trabajo. Al terminar mi primer año, por la gracia de Dios, pudimos romper todos los anteriores récord de producción y ventas de piscinas. Teníamos el primer lugar en la industria de piscinas.
En febrero de 1967, comencé a sentir una pasión abrumadora para iniciar mi propio negocio. Mi hermano trabajaba en una empresa constructora de casas de la comunidad y pronto estaría instalando piscinas en todas esas nuevas casas. En los últimos días de febrero mi hermano me llamó y me animó a hacerme socio de su empresa para formar una nueva sección de producción y venta de piscinas. Me ofreció el puesto de socio minoritario con tal que la sección a mi encargo tuviera éxito. La principal desventaja era que mi sueldo se reduciría por un 35 por ciento semanalmente. Las otras desventajas incluían cambiar mi nueva camioneta de lujo por una camioneta antigua y de segunda mano, además de perder toda seguridad laboral y estabilidad.
El 5 de abril del 1967, con sólo dos meses de ahorros, y con la seguridad que Dios me había guiado a tomar la decisión formé parte de la empresa Shasta Construction (Construcciones “Shasta”), que estaba afiliada con el International Master Pool Guild, el experto en piscinas de la región. Apenas había trabajado una semana en la nueva empresa cuando el dueño de Shasta Construction le avisó a mi hermano que había decidido tomar otro rumbo con su empresa. Ya no invertiría el dinero que había prometido para la publicidad y los gastos iniciales de la división de piscinas. Es más, nos exigía resultados positivos dentro de dos cortas semanas o cerraría el departamento de producción de piscinas. Al escuchar estas noticias tan desagradables mi hermano sufrió un leve ataque al corazón y como resultado tuve que tratar solo con alguien con quien nunca antes había tratado y quien tenía unas expectativas muy claras y concretas.
La paz de Dios
A pesar de este problema completamente inesperado tenía una confianza profunda en Dios. Sabía que me ayudaría en estos tiempos difíciles. Reuní todos los recursos necesarios y estaba listo para comenzar. Tenía que aprovechar del tiempo ya que la temporada para piscinas ya había comenzado. Esa noche, a pesar de la falta de fondos decidí crear un aviso en el periódico. Me acerqué al dueño de nuestra empresa con el aviso y con una propuesta. Le expliqué que necesitaba que se comprometiera a pagar una semana de publicidad. Sería la única manera de recibir licitaciones para poder generar un poco de ventas. Esto a su tiempo generaría dinero en efectivo que podríamos usar para seguir promoviendo la sección de piscinas de la empresa. El único riesgo que él tendría que tomar sería los gastos de una semana de publicidad, equivalentes a aproximadamente $800 dólares americanos. Lo único que le pedía era que aceptara el reto.
También le expliqué que hasta el momento había tomado todos los riesgos pero que no se arrepentiría del compromiso. Al día siguiente me dijo que estaría dispuesto a aceptar el reto. El aviso salió en el periódico ese fin de semana y Dios abrió las puertas. Habíamos comenzado oficialmente. Tanto eran las bendiciones de Dios para la empresa que el dueño nos ofreció una gratificación de 20 mil dólares para cada uno de nosotros seis meses después. Dios confirmaba cada día más su llamado en mi vida. Durante los siguientes meses Dios siguió bendiciendo y multiplicando el negocio y al terminar el año 1968 Shasta se había convertido en la empresa número uno en construcción de piscinas. El dueño me ofreció el cargo de presidente de la empresa y ser copropietario junto con él y otro señor. ¡Cómo alabé a Dios ese día!
La sabiduría viene de Dios también
Durante los últimos meses de 1969 la región en donde vivíamos conocido como “el valle” experimentó una pequeña recesión que empeoró en 1970. Como consecuencia, el dueño estaba preocupado por la sección de piscinas una vez más. Vigilaba cada movimiento mío y los de mis empleados. Siempre teníamos confrontaciones con él y era difícil trabajar con tranquilidad. Al comienzo de 1971 este aspecto negativo de mi relación con mi jefe creció y comencé a sentirme muy frustrado. Las acciones de la empresa habían subido a un valor de 300 mil dólares por unidad. Sabía que sería imposible reunir el dinero entre Bob y yo para comprar la porción de las acciones de nuestro jefe. No nos quedaría capital ni tendríamos suficiente dinero en las cuentas bancarias para mantener la empresa abierta. Le pedí a Dios que me ayudara a manejar la situación.
Tres días después mi jefe me llamó y pidió reunirse conmigo. Me preparé para la misma lucha de siempre. No pasaron ni cinco minutos antes que mi jefe me propusiera comprarle su parte de la empresa con un monto de 40 mil dólares. Podríamos pagarle ese dinero en el lapso de cuatro años. Antes de responderle recuerdo que alcé mis manos al cielo y le di gracias al Señor por haber respondido mis oraciones. Mi jefe sonrió al ver mi reacción pero al mismo tiempo me dijo que el cristianismo era la única parte tonta de mi vida. Obviamente acepté su propuesta y completamos los trámites en menos de veinticuatro horas. Nos despedimos amigablemente y en dos años le pudimos pagar nuestra deuda. Dios continuó prosperando la empresa. En 1985, me informaron que Shasta se había convertido en la empresa independiente número uno de construcción de piscinas en todo el país y el mundo entero.
Las bendiciones vienen de Dios
En 1982 Dios permitió que algunas circunstancias adversas nos obligaran a comenzar nuestro propio departamento industrial. Dios bendijo esta nueva sección con cientos de distribuidores nacionales e internacionales de sistemas y productos para los equipos, todos patentados por Shasta. ¡Dimos gloria al Señor por todo lo que estaba haciendo! En ese mismo año los doctores encontraron un cáncer en mi hermano Bob. En 1989 se retiró de la empresa por causa de invalidez física permanente y el 9 de julio de 1998 comenzaron sus primeros años en la presencia del Señor.
El punto más crucial de mi vida cristiana sucedió en noviembre de 1972. Me invitaron a un retiro auspiciado por la Cruzada Estudiantil para Cristo. Durante ese retiro los testimonios de los diez miembros de la junta directiva de la línea internacional de hoteles “Holiday Inn” me emocionaron mucho. Nos contaban cómo lograron ofrecerle una suma grande de dinero a la Cruzada Estudiantil para Cristo con el objetivo de poder cambiar el mundo a través de vidas cambiadas de formas sobrenaturales.
Supe en ese momento que Dios me estaba revelando su propósito para mi vida y por qué me había llamado al mundo de los negocios. Desde ese día he tenido el maravilloso privilegio de proporcionar soluciones sobrenaturales para cambiar vidas a través de la mayordomía de mi tiempo y de mis recursos para el ministerio de la Cruzada Estudiantil para Cristo, además de otros ministerios hacia los cuales Dios me ha dirigido. Dios me enseñó que yo no era “dueño de nada, más bien mayordomo de todo.”
Me gustaría que analizaras tu vida en este momento y respondieras las siguientes preguntas con toda honestidad. ¿Alguna vez has invitado a Cristo a tu vida tal como lo hice en 1966? ¿Estás seguro, sin siquiera tener una sombra de duda, sobre dónde pasará la eternidad? ¿Si algo te pasara hoy mismo te irías al infierno o al cielo? No bases tu respuesta en tu religión o en tus buenas obras sino en tu relación con Jesucristo.
Si no estás muy seguro de tu relación con Jesucristo tienes que saber que está tocando la puerta de tu corazón en este momento (Apocalipsis 3:20) Está esperando que le invites para poder perdonarte de tus pecados y darte esa nueva vida que tiene ahora y por toda la eternidad. Si esto refleja el deseo de tu corazón te invito a que hagas la siguiente oración conmigo y Cristo entrará en tu vida, tal como te lo prometió.
Amado Jesús, te necesito. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Abro la puerta de mi vida y te recibo como mi Señor y Salvador. Gracias por perdonar mis pecados y por darme la vida eterna. Toma el control de mi vida. Hazme la persona que tú quieres que sea.
Luego, agradécele por entrar en tu vida tal como lo ha prometido. Observa ahora cómo comenzará a cambiar tu vida, tus relaciones y las circunstancias que rodean tu vida. Ahora comienzan a realizarse los grandes planes que Él tiene para tu vida.
Recuerda: “Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2 Corintios 5:17)
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